La escritora Sylvia Plath de 20 años llegó a la ciudad de Nueva York en 1953. En aquel entonces estudiaba sus últimos años en el Smith College y ya era una autora publicada, con tres poemas vendidos a Harper’s. Llegó a la gran ciudad y se alojó en el famoso y glamoroso Hotel Barbizon para mujeres por cuatro semanas con una tarifa de U$S15 por semana.

“El Barbizon. El hotel que liberó a las mujeres”, de Paulina Bren, cuenta esta y muchas historias más describiendo qué sucedía en Estados Unidos con el feminismo, el racismo y las mujeres que buscaban independizarse y vivir una vida propia, fuera de los mandatos del matrimonio y la familia.

A pesar de las habitaciones mínimas -en donde una cama single parecía más pequeña que las comunes- las mujeres contaban cada una con su habitación con cama, cómoda, un escritorio, teléfono y radio. Plath y todas las mujeres que pasaron por ahí, se entusiasmaban con la idea de pasar el verano en la ciudad donde cualquier cosa podía pasar. Los varones no podían entrar a las habitaciones, solo podían esperar o conversar con las mujeres en el lobby. Una regla que se cumplía a rajatabla y que daba tranquilidad a las familias. Desde su apertura en 1928 hasta su conversión a condominios en 2007, el hotel recibió a muchas mujeres jóvenes que “habían escapado de su ciudad natal y de todas las expectativas (o ninguna) que conllevaba”, y que ahora estaban listas para “rehacerse a sí misma” en Nueva York, según relata la autora del libro.

La “insumergible” Molly Brown -sufragista, activista y sobreviviente del naufragio del Titanic- fue una de las primeras invitadas y se alojó allí en 1931. El Barbizon era un edificio ornamentado, una “especie de gótico románico”, como lo expresó una publicación, con cuatro torreones, solArium y azoteas ajardinadas. Por U$S 15 a la semana, una mujer podía tener su propia habitación y acceso a los espacios compartidos del hotel: salas de conferencias, un gimnasio, un elegante comedor, una biblioteca con paredes revestidas de roble y estudios insonorizados para practicar música. Incluso había una piscina en el sótano.

HISTORIA. Un hotel glamoroso y de buena reputación.

Probar una vida independiente fue lo que desearon estas mujeres que se acercaban a El Barbizon.

“Vivir ahí las liberó”, explicó Bren, profesora del Vassar College, donde enseña Género, Medios y Estudios Internacionales en un diálogo en inglés vía Zoom con LA GACETA. “La anécdota sobre Sylvia Plath que va al techo del hotel y tira toda su ropa hacia la calle fue la que me generó el deseo de escribir este libro. Ya había escuchado sobre el hotel y -después de escribir dos libros sobre comunismo- me gustó contar sobre quiénes habían vivido ahí, por qué lo habían hecho y todo lo que representaba llegar a Nueva York para las mujeres de esa época que querían ir por sí solas para buscar su vida independiente. El Barbizon era un escalón para hacerlo”.

Luego de la primera Guerra Mundial, las mujeres comenzaron a ser más independientes y a trabajar. “Había otros hoteles pensados con el mismo fin pero este fue el primero en tener una buena reputación y, aparentemente, todo el glamur. Al hotel llegaban mujeres de diversas clases sociales. Grace Kelly, que quería ser actriz, se hizo amiga de una chica que se había ‘escapado’ de su casa, ahorrando dinero con lo que ganó en un concurso de belleza, algo que era muy común en la época porque esos concursos eran un escalón para las mujeres que necesitaban tener algo de dinero”, describió Bren.

Encontrar la información sobre el hotel y las historias de las mujeres que se cuentan en el libro no fue nada fácil. “La tarea de investigación fue ardua. Pensé que me iba a encontrar con cientos de archivos sobre la historia del hotel pero solamente aparecían algunos artículos del New York Times. Me di cuenta de que esto sucedía porque estaba escribiendo sobre mujeres y como no las consideraban importantes la información se fue descartando, perdiendo. Lo viví con mucha frustración hasta que, con ayuda de mis editores comencé a contactarme con personas que tenían algo de información y me contactaron con otros y así llegué a terminar el libro”.

Quienes vivieron allí, vivieron entre las diferentes oleadas de feminismo: el movimiento por el sufragio femenino, que culminó en 1920, y el movimiento de liberación de la mujer de las décadas de 1960 y 1970. Bren describe a las mujeres de mediados de siglo como pertenecientes a una generación de “cuerda floja”. Como dijo más tarde uno de los compañeros editores invitados de Plath, que también pasó el verano de 1953 en el Barbizon, “éramos la primera generación después de la guerra y la última generación antes de la Píldora”.

“A las mujeres jóvenes durante la Segunda Guerra Mundial se les decía que podían hacer cualquier cosa que se propongan”, escribió Bren, siempre y cuando pusieran sus mentes en propósitos productivos y patrióticos. Sin embargo, en el libro se destacan las historias de las mujeres que habitaron el hotel, pero no lograron construir una carrera “exitosa” como las principales referentes de la época que mencionamos anteriormente: “La escritora Gael Greene, ex editora invitada, las llamó las ‘Mujeres solitarias’ en un artículo que reportó para el New York Post en

1957. Al llegar al Barbizon con grandes sueños, estas mujeres no lograron encontrar el trabajo

adecuado ni al hombre adecuado. Estaban solas, nostálgicas y ocasionalmente desesperadas.

Greene informó sobre rumores de una mujer que se derrumbó en su habitación y estrelló objetos contra la pared; mientras otras observaban sin involucrarse. Hubo rumores de abortos, ilegales en las décadas de 1950 y 1960, al igual que la anticoncepción para mujeres solteras en Nueva York hasta 1965. Durante este mismo tiempo, al menos tres mujeres se quitaron la vida en el Barbizon; y el hotel hizo todo lo posible para encubrir los suicidios, para no disuadir a los futuros huéspedes”, concluyó la autora.